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Índice

Prólogo a la serie

Prólogo

Introducción

1 - El Señor del pacto cumple la ley: Jesús y los Diez mandamientos

2 - El primer mandamiento: Un Dios y Salvador

3 - El segundo mandamiento: Adoramos la imagen perfecta del Dios invisible

4 - El tercer mandamiento: Reverenciar el nombre de Dios

5 - El cuarto mandamiento: Descansar en el Señor

6 - El quinto mandamiento: La familia de Dios

7 - El sexto mandamiento: El Señor de la vida

8 - El séptimo mandamiento: La pureza en Cristo

9 - El octavo mandamiento: El Señor de la herencia

10 - El noveno mandamiento: El Señor, la Verdad

11 - El décimo mandamiento: Buscar al Rey y a su reino

12 - Conclusión

Iglesias y entidades colaboradoras en la publicación de esta serie

Otros libros de la serie Ágora

Prólogo a la serie

Un sermón hay que prepararlo con la Biblia
en una mano y el periódico en la otra.

Esta frase, atribuida al teólogo suizo Karl Barth, describe muy gráficamente una condición importante para la proclamación del mensaje cristiano: nuestra comunicación ha de ser relevante. Ya sea desde el púlpito o en la conversación personal hemos de buscar llegar al auditorio, conectar con la persona que tenemos delante. Sin duda, la Palabra de Dios tiene poder en sí misma (Hebreos 4:12) y el Espíritu Santo es el que produce convicción de pecado (Juan 16:8), pero ello no nos exime de nuestra responsabilidad que es transmitir el mensaje de Cristo de la forma más adecuada según el momento, el lugar y las circunstancias.

John Stott, predicador y teólogo inglés, describe esta misma necesidad con el concepto de la doble escucha. En su libro El Cristiano contemporáneo dice: Somos llamados a la difícil e incluso dolorosa tarea de la doble escucha. Es decir, hemos de escuchar con cuidado (aunque por supuesto con grados distintos de respeto) tanto a la antigua Palabra como al mundo moderno. (…). Es mi convicción firme que sólo en la medida en que sepamos desarrollar esta doble escucha podremos evitar los errores contrapuestos de la falta de fidelidad a la Palabra o la irrelevancia.

La necesidad de la “doble escucha” no es, por tanto, un asunto menor. De hecho tiene una clara base bíblica. Podríamos citar numerosos ejemplos, desde el relevante mensaje de los profetas en el Antiguo Testamento -siempre encarnado en la vida real- hasta nuestro gran modelo el Señor Jesús, maestro supremo en llegar al fondo del corazón humano. Jesús podía responder a los problemas, las preguntas y las necesidades de la gente porque antes sabía lo que había en su interior. Por supuesto, nosotros no poseemos este grado divino de discernimiento, pero somos llamados a imitarle en el principio de fondo: cuanto más conozcamos a nuestro interlocutor, más relevante será la comunicación de nuestro mensaje.

La predicación del apóstol Pablo en el Areópago (Hechos 17) constituye en este sentido un ejemplo formidable de relevancia cultural y de interacción con “la plaza pública”. Su discurso no es sólo una obra maestra de evangelización a un auditorio culto, sino que refleja esta preocupación por llegar a los oyentes de la forma más adecuada posible. Esta es precisamente la razón por la que esta serie lleva por nombre Ágora, en alusión a la plaza pública de Atenas donde Pablo nos legó un modelo y un reto a la vez.

¿Cómo podemos ser relevantes hoy? El modelo de Pablo en el ágora revela dos actitudes que fueron una constante en su ministerio: la disposición a conocer y a escuchar. Desde un punto de vista humano (aparte del papel indispensable del E.S.), estas dos cualidades jugaron un papel clave en los éxitos misioneros del apóstol. ¿Por qué? Hay una forma de identificación con el mundo que es buena y necesaria por cuanto nos permite tender puentes. El mismo Pablo lo expresa de forma inequívoca precisamente en un contexto de testimonio y predicación: A todos me he hecho todo, para que de todos modos salve a algunos. Y esto hago por causa del Evangelio (1 Corintios 9:22-23). Es una identificación que busca ahondar en el mundo del otro, conocer qué piensa y por qué, cómo ha llegado hasta aquí tanto en lo personal (su biografía) como en lo cultural (su cosmovisión). Pablo era un profundo conocedor de los valores, las creencias, los ídolos, la historia, la literatura, en una palabra, la cultura de los atenienses. Sabía cómo pensaban y sentían, entendía su forma de ser (Romanos 12:2). Tal conocimiento le permitía evitar la dimensión negativa de la identificación como es el conformarse (amoldarse), el hacerse como ellos (en palabras de Jesús, Mateo 6:8); pero a la vez tender puentes de contacto con aquel auditorio tan intelectual como pagano.

Un análisis cuidadoso del discurso en el Areópago nos muestra cómo Pablo practica la “doble escucha” de forma admirable en cuatro aspectos. Son pasos progresivos e interdependientes: habla su lenguaje, vence sus prejuicios, atrae su atención y tiende puentes de diálogo. Luego, una vez ha logrado encontrar un terreno común, les confronta con la luz del Evangelio con tanta claridad como antes se ha referido a sus poetas y a sus creencias. Finalmente provoca una reacción, ya sea positiva o de rechazo, reacción que es respuesta natural a una predicación relevante.

Pablo era, además, un buen escuchador como se desprende de su intensa actividad apologética en Corinto (Hechos 18:4) o en Efeso (Hechos 19: 8-9). Para “discutir” y “persuadir” se requiere saber escuchar. La escucha es una capacidad profundamente humana. De hecho es el rasgo distintivo que diferencia al ser humano de los animales en la comunicación. Un animal puede oír, pero no escuchar; puede comunicarse a través de sonidos más o menos elaborados, pero no tiene la reflexión que requiere la escucha. El escuchar nos hace humanos, genuinamente humanos, porque potencia lo más singular en la comunicación entre las personas. Por ello hablamos de la “doble escucha” como una actitud imprescindible en una presentación relevante del Evangelio.

Así pues, la lectura de la Palabra de Dios debe ir acompañada de una lectura atenta de la realidad en el mundo con los ojos de Dios. Esta doble lectura (escucha) no es un lujo ni un pasatiempo reservado a unos pocos intelectuales. Es el deber de todo creyente que se toma en serio la exhortación de ser sal y luz en este mundo corrompido y que anda a tientas en medio de mucha oscuridad. La lectura de la realidad, sin embargo, no se logra sólo por la simple observación, sino también con la reflexión de textos elaborados por autores expertos. Por ello y para ello se ha ideado esta serie. Los diferentes volúmenes de Ágora van destinados a toda la iglesia, empezando por sus líderes. Con esta serie de libros  queremos conocer nuestra cultura, escucharla y entenderla, reconocer, celebrar y potenciar los puntos que tenemos en común a fin de que el Evangelio ilumine las zonas oscuras, alejadas de la luz de Cristo.

Es mi deseo y mi oración que el esfuerzo de Editorial Andamio con este proyecto se vea correspondido por una amplia acogida y, sobre todo, un profundo provecho de parte del pueblo evangélico de habla hispana. Estamos convencidos de que la Palabra antigua sigue siendo vigente para el mundo moderno. Ágora es una excelente ayuda para testificar con la Biblia en una mano y “el periódico” en la otra.

Pablo Martínez Vila

Prólogo

Este libro, como toda la obra de mi padre, nació por su pasión por la iglesia y por Jesús, el Señor de la iglesia. Este libro en particular comenzó como una serie de lecciones para los estudios bíblicos del domingo en la iglesia presbiteriana Christ the King Presbyterian Church, en Houston, Texas. Allí mi padre, cuando tenía 82 años, aceptó trabajar a tiempo completo durante dos años como pastor asociado. En aquel momento, estaba escribiendo un libro más extenso sobre otro tema totalmente distinto, pero las necesidades de la iglesia tenían prioridad y comenzó una serie sobre los Diez Mandamientos. Ambos proyectos avanzaban muy despacio y, debido a que el tiempo estaba haciendo mella en la energía y concentración de mi padre, era evidente que debía terminar primero el trabajo más corto antes de ocuparse del trabajo más largo.

En 2002, mis padres se mudaron a Charlottesville, Virginia, donde mi padre ocupó el puesto honorífico de teólogo en la iglesia Trinity Presbyterian Church, una iglesia en la ya había servido en un puesto parecido desde 1984 a 1990. Cuando visitaba a mis padres, mi padre y yo siempre hablábamos de sus proyectos literarios. Su estilo “hermético” se había vuelto demasiado sobrio y me pidió que aireara el texto, suavizando las transiciones y añadiendo algunas ilustraciones. En noviembre de 2004, trabajamos juntos para complementar algunos de los capítulos más cortos con las notas de las lecciones del estudio bíblico. Me llevé el manuscrito de vuelta a California y dejé a mi padre trabajando en el libro más extenso. Cuando terminé los cambios y los añadidos, se lo envié para ver si los aprobaba o no. Mi toque editorial está mucho más presente en este libro que en cualquiera de los otros que me pidió que revisase. Sin embargo, mi padre leyó y aprobó todos los cambios que había hecho al manuscrito y, a principios de febrero de 2005, envié los archivos al editor.

El 26 de febrero, cuando se estaba levantando para ayudar a mi madre con la limpieza de los sábados, mi padre se cayó y se rompió el sacro. Mientras estaba hospitalizado por esta caída, hubo otras complicaciones que, al final, le sobrecargaron. El 8 de marzo, el mismo día que salí de California para estar con mis padres, recibí la confirmación por correo electrónico de que habían aceptado el manuscrito para su publicación. Esa noche, cuando llegué al hospital de la Universidad de Virginia, informé a mi padre de las buenas noticias. La cara se le iluminó y levantó el pulgar hacia arriba. “Papá”, le dije, “tienes que ponerte bien para poder firmar el contrato”. Sin embargo, fue su mujer de 63 años, Jean Clowney, quién lo firmó. El Domingo de Ramos (20 de marzo de 2005, a las 6:30 p.m), con la cabeza apoyada en los brazos de mi madre y con su familia orando a su lado, mi padre nos dejó para adorar a su amado Cristo en el cielo, con los ángeles y con “esa gran nube de testigos”, ese gran número de cristianos fieles que ya están con su salvador. Por tanto, ha sido un privilegio triste completar algunas de las minucias editoriales y supervisar el proceso de llevar este libro a la imprenta.

En las últimas semanas de su vida, mi padre (que nunca destacó por tener ningún talento musical) se ganó cierta reputación como cantante. Los himnos que cantaban su familia y amigos de Trinity Church eran un consuelo para él y de tal manera anhelaba cantar él mismo alabanzas a Cristo, que cantó en medio de la sala de urgencias, incluso con la máscara de oxígeno puesta. Cuando le instalaron en una habitación del hospital, las enfermeras susurraban: “¡Ese es el hombre que estaba cantando en la sala de urgencias!”. La voz de mi padre no terminó con su muerte. Este libro, junto con los otros que escribió, continuará cantando: “Proclamaré tu nombre a mis hermanos; en medio de la congregación te alabaré” (Salmo 22:22).

Rebecca Clowney Jones

Escondido, California

Enero de 2007

Introducción

Cada verano en el suroeste de Filadelfia, donde me crié en una casa adosada antes de los días en los que había aire acondicionado, asistí al programa infantil de verano en la iglesia Westminster Prebyterian Church. Allí, cuando tenía diez años, me esforcé por memorizar el Catecismo Menor de Westminster para que me diesen la Biblia de Estudio Scofield, ¡que tenía la cubierta de cuero de verdad! La utilicé durante años y aprendí mucho a través de las notas. Pero al leer y estudiar esa Biblia, encontré una nota confusa sobre el Padre Nuestro. Decía que no debía orar el Padre Nuestro porque no era para la era de la iglesia. Si la utilizaba, estaría orando sobre “la base de la ley”. Esta oración se dio únicamente para el reinado de Cristo en el milenio, cuando los cristianos se hallen de nuevo bajo la ley. Solo entonces podrá ser posible que nuestros pecados sean perdonados sobre la base de que nosotros perdonamos a nuestros deudores.

Este consejo no me pareció correcto. Después de todo, acababa de memorizar todas las preguntas del Catecismo Menor sobre la ley de Dios y el Padre Nuestro. El catecismo daba por sentado que yo aún tenía que tomarme en serio los mandamientos de Dios. Pregunta 42: “¿Cuál es el resumen de los Diez Mandamientos?”. Respuesta: “El resumen de los Diez Mandamientos es: Amar al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con todas nuestras fuerzas y con toda nuestra mente; y a nuestro prójimo como a nosotros mismos”. El catecismo también recomendaba conocer el Padre Nuestro. En relación a perdonar a los demás, el catecismo me había enseñado: “rogamos que Dios, por causa de Cristo, nos perdone gratuitamente todos nuestros pecados; y somos estimulados a pedir esto, porque por su gracia, somos capacitados para perdonar a otros con sinceridad de corazón”.1 Me quedé dándole vueltas a la pregunta: ¿Qué lugar ocupan los Diez Mandamientos hoy en día en la vida cristiana?

La Biblia Scofield y su influencia

Hasta la publicación de la Biblia de Estudio Scofield, las formulaciones doctrinales, con ayuda de los textos que las justifican, habían dado forma a la mayoría de Biblias de estudio. Sin embargo, la Biblia Scofield, prestaba atención a la historia bíblica y las épocas o períodos en la revelación de Dios. Debido a que tenía diez años, no entendía las diferencias entre el Dr. Scofield y los hombres que redactaron el catecismo al que tanto esfuerzo había dedicado a memorizar. La Biblia Scofield enseñaba el dispensacionalismo, daba énfasis a las diferencias entre los períodos de la historia bíblica. De hecho, la idea de los períodos o eras tenía que ver con los estándares de Westminster, ya que los miembros de la asamblea de Westminster recalcaron los períodos de la historia de salvación, incluso usaron la palabra “dispensación”. La Confesión de Westminster distingue entre el pacto de las obras, hecho con Adán en el huerto del Edén, y el pacto de la gracia “según el cual Dios ofrece libremente a los pecadores vida y salvación por Cristo…”.

La gracia de Dios fluye a través del Antiguo y del Nuevo Testamento como una corriente constante e inagotable. No obstante, Dios estableció el pacto de la gracia de manera diferente en el tiempo de la ley y en el tiempo del evangelio. La Confesión incluye un capítulo sobre los pactos de Dios donde dice: “No hay dos pactos de gracia diferentes en sustancia, sino uno y el mismo bajo diversas dispensaciones”. La Confesión reconoce que Dios establece el camino de salvación en momentos concretos y usa la palabra “dispensación” en el sentido de “establecimiento”.

Respecto a esta cuestión, J. Nelson Darby, un erudito de las Asambleas de Hermanos en Inglaterra, fue aún más lejos que la asamblea de Westminster. Enseñó que las dispensaciones diferían en sustancia y que, por tanto, los distintos períodos de tiempo ofrecían diversos medios de salvación. Según la perspectiva de Darby, el pacto mosaico era uno de obras: si cumplías la ley bajo esta dispensación, obtendrías la salvación. El pacto con Abraham, por el contrario, era un pacto de promesa. Esta es la perspectiva más radical de las diferentes “eras” que descubrí al leer la Biblia Scofield. De acuerdo con este enfoque, los autores del Antiguo Testamento no podían vislumbrar la “era de la iglesia”. Su tiempo de profecía terminó al comenzar la era de la iglesia. Cuando los judíos rechazaron a Jesús, empezó un paréntesis en la historia de la profecía. El pacto de la ley se suspendió y solo volverá cuando Jesús retorne en el milenio, momento en el cual la salvación se obtendrá de nuevo por las obras: por la obediencia a Cristo, que reinará en el trono de David.

Esta lectura de las Escrituras se ha denominado la perspectiva “dispensacional”. Este punto de vista enfatiza las diferencias entre cada era. Aunque muchos la han rechazado (ya que presenta algunos peligros, como veremos), fue útil para muchos cristianos ya que les dio la valiosa sensación de que Biblia presenta una cosmovisión. Para leer la Biblia de forma correcta, uno ha de entender su estructura global. A medida que maduré en mi propia fe, llegué a comprender que no todo el mundo veía la estructura de la Biblia de la manera en la que la Biblia Scofield la presentaba. Muchos argumentaron con contundencia que la gracia siempre debe ser el origen de nuestra salvación. Con el paso del tiempo, un gran número de maestros dispensacionalistas empezaron a cambiar su opinión respecto a la de Darby en lo que se refiere a este punto crucial.

Diálogo reformado-dispensacional

Hoy en día este tema parece que ha pasado de moda. Muchos cristianos no conocen lo que significa la palabra “dispensacional” o la importancia que aún tiene en nuestro modo de ver el mundo. Sin embargo, ha ejercido una gran influencia en la opinión que tienen los cristianos de la ley en concreto, pero también, de otros aspectos de la vida cristiana. Hubo una época en la que los dispensacionalistas y los cristianos reformados no tenían mucho tiempo para ocuparse los unos de los otros. No obstante, en los últimos años, han encontrado más puntos de coincidencia.

Un gran número de dispensacionalistas se ha dado cuenta de que la gracia siempre debe ser parte de la salvación y ya no enseñan que la salvación era por obras en el Antiguo Testamento. Esta comprensión ha abierto un diálogo con los seminarios reformados, que siempre se han opuesto con fuerza al dispensacionalismo en este punto. Otro factor que favorece el diálogo es la creciente apreciación de la teología bíblica en los seminarios reformados. Los pensadores reformados se han dado cuenta de que la Biblia no es como un diccionario. La Biblia incluye historias y todas estas historias están unidas en una, la historia global. De este modo, cuando los dispensacionalistas afirman que la gracia de Dios es el origen de la salvación en ambos Testamentos y cuando los pensadores reformados enseñan acerca de la historia de salvación, ambos grupos se unen para apreciar las riquezas desplegadas en la revelación de Dios en las Escrituras.

La “teología bíblica” es el término que ahora usamos en el sentido especial de la teología que no solo es bíblica, sino que se extrae de la historia de la revelación en la Biblia. La Confesión de fe de Westminster y los Catecismos Mayor y Menor siguieron el método temático que comenzaba con la pregunta: “¿Cuál la finalidad principal de la existencia del hombre? La finalidad principal de la existencia del hombre es glorificar a Dios y gozar de él para siempre”. La enseñanza de la Biblia se resume de forma temática de la siguiente manera: “Las Escrituras principalmente enseñan lo que el hombre debe creer respecto a Dios y los deberes que Dios exige al hombre”.

En cambio, la teología bíblica resume la enseñanza de la Biblia siguiendo la historia de la revelación de Dios en los períodos o épocas de la obra de Dios en la creación y en la redención. La teología bíblica sigue la historia de la Biblia en lugar de los temas que se encuentran en la Biblia. Como disciplina de estudio, la teología bíblica llegó a Estados Unidos desde Europa, en concreto desde Alemania y los Países Bajos. En el Seminario de Princeton, Geerhardus Vos (1862-1949) enseñó esta disciplina a los alumnos que después la expusieron en el Seminario de Princeton y en el de Westminster.

La historia interminable

Desde el libro de Génesis en adelante, la Biblia sigue la historia de la simiente de la promesa: el hijo de la mujer que ha de venir para por fin aplastar la cabeza de la Serpiente. Para poder descubrir la historia de la redención en la historia bíblica debemos reconocer los periodos o épocas de esa historia. El dispensacionalismo reconoció de manera correcta que existían diferencias entre esos periodos. Sin embargo, falló al permitir que las diferencias rompiesen la continuidad de la historia del pacto.

He mencionado las diferencias entre la Biblia Scofield y el Catecismo de Westminster, pero mi pregunta original aún se mantiene. ¿Qué papel desempeña la ley en la historia de la redención? Si la ley de Moisés no ofrece la salvación por las obras, ¿cómo prepara el camino para la venida de Cristo? ¿Por qué Dios demandó obediencia a la ley, si la ley nunca podría acercarnos a él?

Jesús señaló que la ley revelada por Dios en el Antiguo Testamento era en sí misma una especie de profecía, una parte de la historia del pacto. Esa historia, que incluye a la ley, apuntaba a lo que iba a venir. En ese sentido, Jesús cumplió la ley no únicamente al obedecerla de forma perfecta por nosotros, sino también al transformar nuestra compresión de la ley. Cristo no solo obedeció la ley, sino que también mostró su verdadero significado y profundidad.

Por ejemplo, piensa en el Gran Mandamiento: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser y con toda tu mente” (Mt. 22:37). Jesús transformó tanto este mandamiento como el segundo: “Ama a tu prójimo como a ti mismo” (Mt. 22:39). La interpretación de Jesús de esta ley y cómo la aplica a su propia vida es radical. Redefine todo desde el término de prójimo hasta el significado de amar a Dios. El amor de Jesús por el Padre era tan grande que estaba dispuesto a ser maldito por el Padre con el fin de llevar a cabo el plan de salvación para aquellos que el Padre le había dado. El amor de Jesús por su prójimo era tan grande que dio su vida por esos “prójimos” (que le odiaban). Una noción tan profunda y radical de la ley muestra el verdadero requisito de este mandamiento: tomar la cruz y seguirle. Del mismo modo que Jesús transforma el mayor de todos los mandamientos, nos muestra un nuevo nivel de interpretación de toda la ley de Dios. Sin Jesús, no tenemos una verdadera comprensión de la ley.

Jesús transfigura la ley en el monte de la transfiguración

Cuando la gloria de Jesús cegó a Pedro, Jacobo y Juan en el Monte de la Transfiguración, también vieron a Moisés y a Elías hablando con Jesús. Pero ni Moisés (el gran dador de la ley) ni Elías (el profeta más poderoso) dieron ninguna explicación a los discípulos de Jesús. La voz del Padre desde la nube dijo: “Este es mi Hijo amado. ¡Escuchadle!” (Marcos 9:7). Jesús no vino a complementar ni a explicar la ley, ni a vivir tan solo por ella. Vino a cumplir la ley en su sentido más profundo. Tenemos que escuchar a Jesús si queremos escuchar la voluntad del Padre. Jesús cumple y transforma toda la ley y todos los profetas. De hecho, ¡él es la nueva ley de Dios!


1. El Catecismo Menor de Westminster (Confraternidad Latinoamericana de Iglesias Reformadas, 2009), preguntas 42 y 105.