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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2001 Nancy Warren

© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Un poco de diversión, n.º 129 - septiembre 2018

Título original: Live a Little

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com

 

I.S.B.N.: 978-84-9188-907-6

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

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Si te ha gustado este libro…

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Cynthia Baxter descubrió con frustración lo difícil que resultaba rascarse el estómago con las manos inmovilizadas por unas esposas. Giró e hizo rodar su cuerpo desnudo, pero no logró calmar el picor, que estaba ubicado aproximadamente a un centímetro por encima del estómago. No podía alcanzarlo ni con los dedos de los pies ni con las rodillas. Nada.

El sonido del metal rayando la cama con dosel, que los Baxter habían ido pasando de padres a hijos durante generaciones en perfectas condiciones, solo añadía más culpa a la que sentía.

—¡Walter! —gritó, sin obtener respuesta.

Había seguido cuidadosamente las instrucciones del artículo de la revista Raunch en el que se explicaba cómo podía poner más pasión a su relación. En aquellos momentos estaba representando lo de: «Virgen indefensa seducida por un peligroso y atractivo desconocido». Su prometido, que, presa del deseo, debería estar llevando a cabo todas las lujuriosas escenas que se describían en la revista y que ella le había subrayado en amarillo para que no se le olvidaran, estaba en el salón, pegado a su teléfono móvil.

Ella escuchó atentamente, pero no pudo escuchar la voz de Walter. Tal vez se le habían quitado las ganas de regresar al ver el cuerpo desnudo de Cynthia a la luz del día.

—¿Walter? —preguntó. Silencio—. ¡Walter!

La voz resonaba por toda la casa. ¿Por qué no la oía?

Respiró profundamente. Al aspirar el nuevo perfume que se había pulverizado por todo el cuerpo, arrugó la nariz. En los grandes almacenes le había parecido seductor y exótico, pero después de llevarlo sobre la piel durante horas, olía a perfume barato y empalagoso.

—¡Walter! ¿Estás ahí?

Nada. Una terrible sospecha se apoderó de ella. Walter tendía a obsesionarse con su trabajo, lo que lo hacía olvidarse de otras cosas. ¿Sería posible que se hubiera olvidado de ella y que se hubiera marchado?

Estar desvalida formaba parte de la fantasía, según aquella revista. Los «sexpertos» habían sido muy claros al respecto. Daban instrucciones muy detalladas para que cada mujer pudiera cumplir sus fantasías más salvajes. Esas instrucciones habían dejado a Cynthia caliente e inquieta, ansiosa por crear «su propio drama erótico que la llevara a una orgía con orgasmos de proporciones legendarias». No era avariciosa. En realidad, se conformaría con un solo orgasmo. Por ello, había absorbido las páginas de la revista con la misma ansiedad que se prometía con: «La concubina lavando la peana de su amo».

Afortunadamente, la revista había dividido las fantasías en categorías: «Principiantes de alcoba», «Intermedios íntimos» y «Avanzadas eróticamente». Por supuesto, había leído las páginas de las fantasías más avanzadas, pero, francamente, aunque se pudiera permitir todo el equipamiento, no se imaginaba queriendo jugar a cosas como: «Dominadora del burdel y colegial servil» ni nada que implicara a más de dos personas.

El hecho de exponer su cuerpo a la luz del día ya resultaba lo bastante intimidante, incluso delante de Walter, que no veía bien sin gafas. No. «Principiantes de alcoba» resultaba más que suficiente. Además, en la intimidad de su dormitorio, ¿a quién le iba a importar lo que hiciera? Era libre de imaginar que se veía secuestrada por un exótico desconocido, por un Zorro enmascarado o por un pirata despiadado. Fuera quien fuera, tenía que ser alto, esbelto y musculoso. Ella era su prisionera, con la que podía hacer lo que quisiera…

Era una fantasía muy excitante, aunque Walter no era un peligroso y atractivo desconocido ni mucho menos. Sin embargo, ella tampoco era virgen, pero en aquellos momentos estaba indefensa. Otro tipo de ataduras más ligeras, como una corbata de seda, estaban plenamente desaconsejadas por la revista, que aconsejaba expresamente que se utilizaran esposas de verdad. Dado que Cynthia era una persona que siempre seguía las reglas, eran unas esposas de verdad las que la atenazaban.

Después de convencer a Walter para que pusieran en práctica aquella fantasía, de que ella estuviera completamente desnuda e indefensa a media tarde, en su casa, en una zona residencial muy respetable, ya no era excitación lo que sentía. Era vergüenza.

¿A quién estaba tratando de engañar? No era de extrañar que Walter hubiera salido corriendo. Cynthia no se parecía en nada a las modelos de la revista, de senos perfectos, estrechas cinturas, caderas ligeramente redondeadas y piernas como las de una Barbie.

Parecía que los senos de Cynthia estaban más o menos sentados sobre su pecho, como si fueran montones de masa con unas pasas en lo alto. El resto de su cuerpo distaba mucho de ser voluptuoso. Cuando se quitara aquellas esposas, nunca volvería a sugerir que Walter y ella se apartaran de los coitos normales y corrientes, bajo las sábanas y en perfecta oscuridad.

Gritó unas cuantas veces más, hasta que la garganta empezó a dolerle. No servía de nada chillar hasta quedarse ronca. Tendría que calmarse y esperar. Walter, tarde o temprano, se acordaría de ella.

Respiró lenta y profundamente. No tenía ni idea de cuánto tiempo llevaba allí, pero le dolían los brazos. Además, tenía frío, hambre y necesitaba ir al cuarto de baño.

¿Dónde diablos estaba Walter?

Lentamente, observó cómo pasaba el tiempo en el reloj que tenía encima de la mesilla de noche, notando cómo su ira iba en aumento. La tarde amenazaba con convertirse en noche. Entonces, el miedo comenzó a apoderarse de ella. Podría morirse de hambre, helarse de frío o tener una infección de vejiga antes de que Walter se acordara de ella.

Después de un buen rato, oyó que alguien pisaba la grava del jardín. Se dio cuenta de que no era Walter cuando oyó un perro. Aquello le confirmó que debía de ser su vecina, la señora Lawrence y Gruber, su obeso caniche. ¿Debería llamarla?

La vergüenza luchó contra la incomodidad física, pero no fue una batalla demasiado larga. Su vejiga ganó. Al menos era una mujer.

—¡Señora Lawrence! —gritó Cynthia, tan alto como pudo, esperando que su vecina tuviera colocado el audífono.

—¿Qué es eso? ¿Quién me llama? —preguntó la mujer, con voz temblorosa. Gruber empezó a ladrar.

—¡Necesito ayuda! ¡Estoy atada a la cama! ¡Por favor, utilice la llave que hay ahí fuera! ¡Dese prisa!

—Dios mío… Oh… Es Cynthia. Espero que no estén robando en su casa —dijo la mujer, como si estuviera hablando con su perro.

—¿Señora Lawrence? ¿Se acuerda de dónde está la llave? —preguntó Cynthia, deseando que la mujer dejara de dudar y sacara la llave—. ¡Está bajo la tercera maceta de geranios!

Oyó que la grava seguía sonando y que la pobre mujer no dejaba de murmurar. Esperaba que no le diera un ataque al corazón cuando la viera desnuda y en aquella humillante situación. ¡Menuda idea se le había ocurrido de hacer más excitante su vida sexual, de tratar de ser una mujer sensual! Tendría que haberse imaginado que fracasaría.

Los minutos fueron pasando, poniendo a prueba el dominio que tenía sobre la vejiga. De repente, le pareció escuchar un ruido desde el exterior, pero no podía estar segura. De lo que sí lo estaba segura era de que si no iba pronto al cuarto de baño, podría haber un accidente.

Después de lo que le pareció una eternidad, oyó un tenue sonido desde el interior de la casa.

—Señora Lawrence, estoy aquí, en el dormitorio.

Sin embargo, no fue el rostro preocupado de la señora Lawrence lo que vio unos cuantos segundos después, sino un negro y mortal revólver, que estaba aprisionado por una mano grande y varonil.

Como estaba demasiado asustada para gritar, Cynthia se limitó a mirar el arma. Tiró frenéticamente de las esposas, pero estaba completamente indefensa ante un hombre con una pistola que podía ser un violador o un pervertido.

Una sombra se inclinó sobre la puerta. Entonces, el arma la apuntó directamente a ella. Poco a poco, el hombre que iba unido a aquel revólver fue apareciendo por la puerta. Tenía unos ojos azules, fríos y mortales, que recorrieron la habitación casi sin fijarse en ella. Al ver aquellos ojos, Cynthia por fin consiguió gritar.

Rápidamente, él se tiró al suelo y, rodando, desapareció en el cuarto de baño que había dentro del dormitorio.

Cynthia sintió que iba a ser asesinada por un loco, por lo que tiró frenéticamente de las cadenas que la mantenían atada a la cabecera de la cama, tratando de soltarse de sus ataduras.

A los pocos segundos, el hombre estaba al lado de la cama. Había bajado la pistola ligeramente, pero no hacía más que mirar a la puerta.

—¿Cree usted que ahora está sola en la casa? —le susurró, en voz muy baja.

Cynthia sintió que la histeria se apoderaba de ella.

—Lo estaba —respondió, sin apartar los ojos de la pistola, que seguía apuntando hacia la puerta. Al ver que él la cuestionaba con la mirada, aclaró sus palabras—. Hasta que usted apareció.

El hombre se sacó algo del bolsillo y se lo acercó a la cara. Cynthia se acobardó, pensando que aquello era algún instrumento para dormirla o hacerle daño. Sin embargo, el objeto era una placa de identificación.

—Yo no…

—Jake Wheeler, FBI.

Aquellas palabras hicieron que Cynthia volviera a sentir miedo. El hombre era muy alto, con el cabello negro, muy corto y el rostro tan enjuto y anguloso que a ella le pareció que le saltaría en pedazos si sonreía. Tenía los ojos azules, enmarcados por unas pestañas, espesas y rizadas, que eran más propias de una muñeca de porcelana. En él, con la mortal expresión que había en las profundidades de aquellos ojos, resultaban aterradoras. Llevaba una sudadera y unos vaqueros negros.

Cuando vio que Cynthia asentía, se volvió a meter la placa en el bolsillo.

—¿Sabe quién le ha hecho esto?

—Walter Plinkney, y espero que lo encuentre —contestó ella, amargamente—. La silla eléctrica es demasiado buena para él.

—¿Conoce a la persona que la ha agredido?

—Sí. Es mi… —comenzó. Entonces, se detuvo. No pensaba decirle a aquel hombre tan aterrador que su prometido se había marchado de la casa cuando ella se le estaba ofreciendo de aquella manera—… la persona con la que había tenido una cita.

—¿Le ha hecho daño? —insistió él, mirándola como si fuera la escena de un crimen para buscar pruebas.

—Solo en mi orgullo —susurró ella, ruborizándose.

—¿Ni le hizo nada que usted no quisiera?

—Sí —aulló—. Me dejó aquí, cuando ni siquiera habíamos hecho el amor.

Le pareció que aquel desconocido ahogaba una sonrisa. Su rostro se suavizó por un instante, lo que lo hizo parecer casi humano.

—Entonces, ¿participó usted en esto porque lo deseaba?

Cynthia había escuchado muchas veces lo de «sonrojarse de la cabeza a los pies», pero nunca antes lo había experimentado hasta entonces. Sintió que hasta los dedos de los pies se le enrojecían, como si quisieran estar a tono con la laca de uñas color escarlata que llevaba puesta.

—Fue idea mía —musitó—. ¿Cree que podría quitarme estas cosas? —añadió, indicando las esposas con un giro de la cabeza.

—¿Dónde está la llave?

—La tenía Walter cuando la vi por última vez.

—¿Y dónde está él ahora?

Cynthia no hubiera creído posible que pudiera experimentar más humillación de la que sentía en ese momento hasta que él le hizo aquella pregunta.

—Tuvo que marcharse —susurró.

—Tal vez podríamos llamarlo por teléfono…

—En realidad, no creo que pueda esperar mucho más. Tengo que ir al cuarto de baño.

—¿Son las reglamentarías? —preguntó él, tocando las esposas.

—No lo sé. ¡Las compré en un sex shop!

—Entonces, probablemente no lo sean Bueno, voy a ver lo que puedo hacer.

—¿Quiere darse prisa, por favor?

Rápidamente, él salió del dormitorio y regresó un par de minutos después con un par de cizallas que había encontrado en el garaje. El padre de Cynthia se revolvería en su tumba si supiera cómo se estaban utilizando.

—Quédese muy quieta —le ordenó, mientras colocaba las hojas de la herramienta a ambos lados de la cadena.

Cynthia lo obedeció inmediatamente. Observó el abultamiento de su bíceps y la tensión que le atenazaba la mandíbula. A los pocos segundos, escuchó un gruñido de esfuerzo y el sonido que llevaba tanto tiempo esperando. A continuación, rodeó la cama para cortar la segunda cadena.

En aquel momento, Cynthia se preguntó lo que le habría pasado a su vecina. Lo último que necesitaba en aquellos momentos, era que apareciera en escena una mujer que era amiga de su madre desde hacía más tiempo.

—¿Dónde está la señora Lawrence?

—Se fue a su casa a llamar a Emergencias.

Con un grito de horror, Cynthia miró los gélidos ojos azules de su salvador.

Entonces, él soltó una maldición y, tras colocar la herramienta debajo del brazo, metió la mano en el bolsillo y sacó un teléfono móvil. Junto en el momento en que él iba a llamar, se empezó a escuchar el sonido de una sirena y, segundos después, se vieron las luces rojas que anunciaban la llegada de la policía.

El agente Wheeler decidió no prestar atención alguna al alboroto que empezó a reinar en el exterior y volvió a tomar la cizalla. Rápidamente, cortó la segunda cadena.

Cynthia, demasiado desesperada como para entretenerse en darle las gracias, se envolvió en la colcha y desapareció enseguida en el cuarto de baño que tenía dentro de su dormitorio. Con tanta celeridad lo hizo que estuvo a punto de tropezar y caerse.

Volvió a salir varios minutos después, vestida con un enorme albornoz blanco. Se acercó con cuidado hasta la ventana y se asomó. El agente del FBI estaba allí fuera, hablando con un oficial de policía vestido de uniforme. Los dos estaban apoyados contra el coche patrulla, charlando tranquilamente. Entonces, se echaron a reír y el agente Wheeler le dio al policía una palmada en la espalda y este se volvió a meter en el coche patrulla. Wheeler se dirigió de nuevo hacia la casa.

Rápidamente, Cynthia sacó unas braguitas del cajón y se las puso. Todavía tenía las esposas alrededor de las muñecas. Decidió cubrírselas con las mangas del albornoz. Entonces, respiró hondo.

Al verse en el espejo, se preguntó cómo a ella, Cynthia Baxter, podría habérsele ocurrido la idea de representar una tórrida fantasía sexual. Era una solo una contable aburrida y corriente.

Suspiró. Entonces, se pasó un cepillo por el cabello, que era de un color indefinido y de una longitud media. Horas antes, había tenido un aspecto bastante aceptable con unos enormes rizos, como cortesía de los rulos calientes, pero con el trajín que había tenido sobre las almohadas, su sensual peinado se había transformado en algo parecido a lo que llevaría un extraterrestre.

—¿Por qué tuviste que hacerlo? —le preguntó a su propia imagen, reflejada en el espejo, a pesar de saber la respuesta. Estaba viviendo una rebelión adolescente con diez años de retraso.

Era exactamente lo que sus padres habían querido que fuera, a excepción de lo de no estar casada. Su madre le había advertido que se quedaría para vestir santos si seguía mucho más tiempo sin buscarse pareja. Aquello la había hecho sentirse fatal. Como si ella pudiera, por arte de magia, hacer que los hombres encontraran atractiva a una chica corriente y algo anticuada.

Lo más sorprendente de todo fue que encontró a Walter. Tal vez él se había visto en la misma situación y había sido el caso de uno acercándose al otro para no estar solos. No era muy guapo, pero al menos era un hombre, estaba soltero y era médico. Su madre se alegró mucho, aunque Cynthia esperaba sentir por fin los placeres físicos de los que tanto había leído por la noche.

Sin embargo, el sexo con Walter distaba mucho de lo que siempre había imaginado. Se preguntó si el hecho de que fuera ginecólogo sería parte del problema.

Llevaban prometidos seis años, lo que había agradado profundamente a su madre. Por desgracia, la mujer murió, y Cynthia se sintió muy sola y afectada. Poco a poco, la invadió una extraña sensación de pánico, como si sintiera que la juventud se le estaba escapando entre los dedos. Siempre se había imaginado su vida rodeada de brillantes colores, no con aquella tonalidad gris. Tenía que haber algo salvaje e imprevisible que pudiera hacer. Decidió empezar los cambios por el dormitorio.

Nunca se habría imaginado que tendría que rescatarla de sus fantasías un agente del FBI. No se había sentido tan avergonzada desde hacía mucho tempo.

«Afróntalo. Naciste para ser una aburrida contable, casada con el doctor Aburrido», pensó. Su carrera como mujer fatal había terminado.

Observó en el espejo que el maquillaje se le había echado a perder. Recordó horrorizada que se había enrojecido los pezones con lápiz de labios, tal y como le sugería la revista. Esperaba de todo corazón que el agente Wheeler no se hubiera dado cuenta.

Se acordó de la mirada fría y dura con la que la había mirado, sin expresar sentimiento alguno. Su cuerpo desnudo no había encendido en él el fuego del deseo, como le había pasado con Walter. Era una desgracia que un desconocido la encontrara desnuda y esposada a la cama, pero que no sintiera nada al verla… No. Aquello no era del todo cierto. Recordó haber visto cierta expresión de diversión en sus ojos cuando él descubrió que no se trataba de un acto de delincuencia sino de algo sexual. No lo había afectado en lo más mínimo. Solo lo había divertido. Su cuerpo desnudo le había hecho gracia.

Quería morirse… Sin embargo, primero tenía que librarse de él.

Estaba sentado en el salón. Parecía sentirse muy incómodo con los antiguos muebles que su madre tenía y la colección de figurillas Hummel.

—Siéntate —le ordenó.

—Gracias por… —trató de decir ella, mientras tomaba asiento— soltarme.

—¿Qué es lo que está pasando aquí?

—¿Cómo dice?

—No tengo tiempo de jugar. ¿De quién es esta casa?

—Es mía.

—Mira, chata, he hecho que los policías se vayan a su casa, pero yo sé que eres una prostituta que ejerce en las casas de sus clientes. A mí me da igual, porque no soy de Antivicio, pero quiero aclarar esta situación antes de que te eche por la puerta de esta casa.

Cynthia se quedó boquiabierta. Aquel tenía que ser, con toda seguridad, el peor día de su vida.

—¿Cree que soy una prostituta? —le preguntó, incrédula. ¿De verdad creía que los hombres pagaban para acostarse con ella?—. Le aseguro que no…

—Déjate de cuentos. ¿Dónde está el servicio?

—Salga al vestíbulo y a la izquierda —respondió ella, ingenuamente. Wheeler se echó a reír.

—Eres muy buena, ¿lo sabías? Si no hubiera dejado de… —replicó, contemplándola de arriba abajo. Cynthia sintió la segunda sensación desagradable del día. Había estado a punto de decir que, en otros tiempos más salvajes, habría pagado por acostarse con ella—. ¿Dónde está el tipo?

—Se tuvo que marchar. Supongo que para el nacimiento de un niño.

—¿Cómo?

—Walter es toco-ginecólogo. Estoy dando por sentado que tuvo que ir a asistir a un parto. Esta es mi casa.

—¿Y puedes demostrarlo? —le dijo, con escepticismo.

—La señora que vive en la casa de al lado reconoció mi voz.

—Está medio sorda. Oyó la voz de una mujer. Creo que tendrás que esforzarte un poco más.

—Sacaré el permiso de conducir —respondió ella. Entonces, se levantó y fue al dormitorio para sacar el bolso. Wheeler la siguió inmediatamente, sin perderla de vista—. ¿Le importa? —añadió ella, furiosa.

—No quiero que te lleves la plata de la familia.

Con un gesto irritado, Cynthia agarró el bolso y le entregó el carnet de conducir.

—Tenga.

—Esta no eres tú.

—Claro que sí.

Wheeler le quitó el documento de las manos y lo miró muy cuidadosamente. Entonces, la miró a ella y luego volvió a mirar la foto.

—Deberías actualizar esa foto —replicó.

La foto tenía menos de un año. Era el aspecto que le había dado la revista lo que era diferente. De hecho, a pesar de la reacción de Walter, le gustaba bastante aquella nueva imagen. Hacía que un osado y valiente agente del FBI hablara de sexo delante de ella como si nada. Decidió, que, aparte de los pezones, se quedaría con parte de aquella nueva imagen.

—Extiende las manos.

—Le repito que esta es mi casa. Deje de darme órdenes —replicó, colocándose las manos a la espalda.

Wheeler le mostró un par de llaves.

—Las encontré encima de la mesa.

Con un suspiro de alivio, Cynthia extendió las manos.

—Si no eres una prostituta —le dijo, mientras le quitaba las esposas—, ¿a qué te dedicas? Me refiero a trabajar —añadió, con cierta celeridad.

—Soy contable.

—No me tomes el pelo.

—Hablo en serio. Nadie mentiría para decir que es contable.

—Contable… ¡Es fantástico!

—No me lo diga. Tiene un problema algo espinoso con Hacienda del que quiere que me ocupe.

—No, no, en absoluto. Sentémonos. ¿Por qué no me habla de sí misma?

—No me tome el pelo —le espetó ella, ajustándose más el albornoz.

—Supongo que me debería haber presentado adecuadamente —dijo, con una sonrisa devastadora, que transformaba aquel frío rostro en el de un hombre increíblemente atractivo—. Me llamo Jake Wheeler. Me acabo de mudar al barrio.

—Cynthia Baxter —susurró ella, mientras un sudor frío se le iba extendiendo por la piel—. ¿Has dicho que vivías por el barrio?

Lo que le faltaba. La había visto desnuda y se lo iba a encontrar por el barrio constantemente. Horrorizada, sintió que necesitaba meter la cabeza entre las piernas para no desmayarse.